Bicentenario de la independencia ¡Que el norte diga su palabra!
El momento decisivo
de la independencia peruana fue en Trujillo, el 29 de diciembre de 1820
Hugo Vallenas
Málaga
Mural “Los peruanos
en la independencia” de Teodoro Núñez Ureta.
Empieza
a ser motivo de preocupaciones oficiales el bicentenario de la independencia.
Se pretende conmemorar el 28 de julio de 1821 como fecha fundacional de la
libertad y la nacionalidad. ¿Es eso cierto? ¿El Perú independiente realmente
nació en esa fecha? No es exacto. El 28 de julio formó parte del proceso que
debía haber logrado esa meta, que siguió pendiente incluso después del retiro
de Bolívar del Perú en noviembre de 1826.
Más
importante que el sábado 28 de julio de 1821 fue el viernes 20 setiembre de
1822. Ese día dimitió el general San Martín y se instaló el primer Congreso
Constituyente del Perú, cuya principal labor fue elaborar nuestra primera
Constitución republicana, promulgada el 12 de noviembre de 1823. La guerra
emancipadora no había concluido, no teníamos instituciones sólidas ni fronteras
claras y nuestro ejército estaba formado, en su gran mayoría, por una costosa y
nutrida planilla de oficiales, mandos y soldados colombianos, argentinos y
chilenos. Pero estábamos empezando a ser soberanos.
Un
claro signo de nuestra debilidad como nación en formación podemos verlo en el
escudo nacional decretado por San Martín el 21 de octubre de 1820, que estuvo
vigente hasta la ley del 25 de febrero de 1825 (ley que oficializó el escudo
que tenemos hoy). El escudo de 1820 tuvo una ligera modificación por decreto sanmartiniano
del 15 de marzo de 1822, que reemplazó los triángulos de la bandera peruana por
franjas horizontales (similares a la bandera española); y por decreto del 31 de
mayo de 1822, que dispuso las franjas verticales que desde entonces
caracterizan a la bandera peruana.
Si
nos fijamos en la imagen del escudo de 1822, veremos que se muestra a nuestro
país como deudor de su soberanía a un conjunto de banderas y enseñas militares
pertenecientes a otros países del continente. Incluso la bandera peruana
aparece arrinconada en un extremo, con la bandera chilena encima de ella y en
un lugar más destacado. Este es el escudo que lucieron las tropas patriotas en
Junín y Ayacucho. Recién en 1825 fue considerado inconveniente que el escudo
nacional de 1822 incluya las banderas de otros países.
Mulatos celebrando en Lima la Independencia del Perú.
Se exhibía obligatoriamente la bandera argentina. Acuarela de Pancho Fierro de
1822.
En
realidad, la libertad y la nacionalidad se gestaron en un largo proceso, dentro
del cual el 28 de julio de 1821 es una fecha importante entre muchas otras. El
proceso emancipador empezó en 1780, con la revolución andina de José Gabriel
Túpac Amaru, y no se completó hasta la llegada de Ramón Castilla, quien abolió
la esclavitud y el tributo colonial indígena en 1854 y pacificó al país, además
de darle la Constitución de 1860, la de más larga vigencia en nuestra historia.
La independencia recién se selló el 2 de mayo de 1866, cuando el Perú puso fin
a las ambiciones de España sin necesitar de ceder a las ambiciones de ningún
caudillo extranjero.
Pero
si queremos fijar una fecha decisiva que marca un antes y un después en el
proceso emancipador, esa es el 29 de diciembre de 1820, día de la proclamación
de la independencia de Trujillo, lograda en un territorio equivalente a la
mitad del país, sin apoyo de tropas extranjeras y en forma irreversible.
Trujillo en 1820 y
Lima en 1821
En comparación con Trujillo, la proclamación de la
independencia del 28 de julio de 1821 fue un acto simbólico, que pretendía
mostrar ante el mundo a los españoles como carentes de un gobierno legítimo en
Lima, como invasores. Pero la realidad era muy distinta. El Callao, la sierra
central y el sur del Bajo Perú y todo el Alto Perú (casi 1 millón de km2),
estaban en manos del virrey. Un ejército realista de casi 15 mil efectivos, de
los cuales más de 10 mil eran peruanos, bloqueaba los intentos de la Expedición
Libertadora —formada
en su mayoría por argentinos y chilenos— de tener mayor control territorial[1].
San Martín fracasó militarmente y, lejos de ser un general desinteresado del
poder (tenía la finalidad de imponer al Perú un príncipe europeo), lo que hizo
fue dejar a los peruanos inmersos en todos los problemas que no solucionó. Como
consecuencia de ese fracaso, entre junio y agosto de 1823,
Lima fue ocupada nuevamente por los españoles. Y ocurrió de nuevo entre marzo y
diciembre de 1824. Esa inestabilidad
hizo crecer en la capital una corriente de opinión favorable al regreso del
virrey. Además, no obstante la victoria en Ayacucho del 9 de diciembre
de 1824, los castillos del Real Felipe, en el Callao, estuvieron en manos de
los españoles hasta el 22 de enero de 1826. Lima estaba indefensa por mar.
El caso de Trujillo es muy distinto. Tras el
desembarco de la Expedición Libertadora en Paracas el 8 de setiembre de 1820,
el general José de San Martín organizó dos avances de tropas patriotas en la
sierra central y en el norte del país en la zona cercana a Lima. Nicolás Rebaza
en sus Anales del departamento de la
Libertad en la guerra de la independencia (1897), documenta que en
diciembre de 1820 el ejército de San Martín se encontraba en Chancay,
inmovilizado, falto de recursos y con muchos soldados afectados por
enfermedades tropicales[2].
El norte fue en su auxilio y sin necesitar de las tropas foráneas, la antigua y
vasta intendencia de Trujillo —que comprendía las provincias de Trujillo, Lambayeque,
Piura, Tumbes, Cajamarca, Huambos, Huamachuco, Pataz, Chachapoyas, Luya, Lamas
y Moyobamba— proclamó su independencia con la nueva bandera
diseñada por San Martín el
29 de diciembre de 1820 y tomó pleno control de su territorio. Su ejemplo
impactó fuertemente en la población de todo el país, incluyendo lo que hoy es
Ecuador, ya que Trujillo limitaba por el norte con la provincia independiente
de Guayaquil, perteneciente al Perú desde 1803.
[1] El ejército realista
comprendía en 1822-1823: 8 mil hombres al mando de Canterac en Jauja; 2 mil en
Arequipa con Carratalá; mil en Ica con Monet; 900 al lado del virrey La Serna
en Sicuani; y 2,500 en el Alto Perú con Olañeta. Ver: Bacacorzo,
Gustavo. “Las primeras campañas libertadoras del Ejército Peruano” en Historia general de Ejército Peruano.
Comisión Permanente de Historia del Ejército del Perú. Lima, 1984. Tomo IV,
Vol. 2, p. 599.
[2] Rebaza,
Nicolás. Anales del departamento de
la Libertad en la guerra de la independencia (1897). Banco Industril del
Perú/Fondo del Libro. Lima, 1989, p. 12.
La ciudad de
Trujillo en 1786. No era muy distinta en 1820. En la Plaza Mayor, la letra “G”
indica el Palacio de la Intendencia, donde se decidió proclamar la
emancipación.
El
intendente de Trujillo, marqués de Torre Tagle (cuyos méritos tienden a
olvidarse) había dispuesto la captura de las autoridades españolas el 26 de
diciembre —de paso logró desbaratar un atentado contra su persona urdido por el
coronel español José Torlá— y cuando proclama la independencia ya tiene de su
lado a un eficiente equipo de oficiales criollos, entre ellos el comandante
Antonio Gutiérrez de la Fuente, los capitanes José María Lizarzaburu y el jefe
de plaza de Trujillo, teniente coronel Pedro Antonio Borgoño. Con ellos
organiza de inmediato el control militar de la gran intendencia.
Gracias
al apoyo del prócer José Faustino Sánchez Carrión se ratificó la independencia
en todas las ciudades importantes y se nombró nuevas autoridades. Los
territorios de Jaén y Maynas deciden libremente ser parte del Perú el 4 de
junio de 1821. La batalla decisiva contra lo que quedaba en esa región del
ejército realista se libró el 6 de junio de 1821 en Higos-Urco, a la entrada de
la ciudad de Chachapoyas, con una contundente victoria patriota lograda por el
teniente de caballería trujillano José Félix Castro.
José Bernardo de Tagle y Portocarrero, marqués de Torre
Tagle, siendo intendente de Trujillo organizó la proclamación de la
independencia en su vasta jurisdicción. No obstante su origen aristocrático,
desde su juventud defendió ideas emancipadoras. Asistió en 1812 como delegado
peruano a las Cortes de Cádiz. El primer Congreso Constituyente lo eligió
Presidente de la República entre el 16 de agosto de 1823 y el 10 de febrero de
1824.
Con
toda razón, Nicolás Rebaza se pregunta en el primer capítulo de su libro:
“¿Cuál habría sido la situación del ejército del general San Martín si Torlá
logra deponer al marqués de Torre Tagle? No habría tenido lugar el
pronunciamiento por la independencia”. Y añade: “Se salvó felizmente Trujillo y
todo el norte proclamó la independencia y el general San Martín, con los
auxilios de hombres, dinero y cuanto necesitó, que le fue de Trujillo,
reorganizó su ejército, aumentó poniéndole en pie de sostener el sitio de Lima
y obligar al virrey a evacuar la capital”[1].
El
territorio trujillano de entonces, desde Tumbes al río Santa y hasta el
Amazonas, nunca dejó de ser patriota. No hubo marcha atrás en la independencia,
a diferencia de Lima. Por eso la emancipación trujillana es una fecha decisiva.
Recordar el 29 de diciembre de 1820 nos obliga a reconocer que nada habría podido
hacer San Martín sin el apoyo de los peruanos de Trujillo. A ello se debe que siendo
Protector del Perú, el general José de San Martín otorgue a la ciudad de
Trujillo el 31 de enero de 1822 el título de “Benemérita y Fidelísima a la
Patria”.
Batallas ganadas y
decepciones
La
contribución del departamento de Trujillo a la organización de las primeras
fuerzas armadas peruanas es larga de contar, pero es gracias a la división
peruana organizada en Piura y conducida por Andrés de Santa Cruz, que pudo
asegurarse la derrota de los españoles en Ecuador, con las victorias de
Riobamba (21 de abril de 1822) y Pichincha (24 de mayo de 1822).
Lamentablemente, Bolívar impuso dictatorialmente a Quito la pertenencia a la
Gran Colombia, no obstante haber luchado esta región por su plena independencia
desde la revolución de 1809. Hizo lo mismo el 11 de julio de 1822 con la
provincia de Guayaquil (vinculada al Perú desde 1803), pocos días antes del
inútil encuentro de San Martín y Bolívar.
Trujillo
hizo mucho por Bolívar pero también sufrió dolorosas decepciones. El heroico
Libertador, siempre lleno de proyectos de alta proyección histórica, no dejaba
de ser un político pragmático y ambicioso. Tras haber desmembrado el Alto Perú
para crear un país con su nombre y haber fracasado en el proyecto de ser
presidente vitalicio del Perú, Bolívar quería que la Gran Colombia sea el país
más fuerte y vasto de la región, con acceso a las dos costas de América Central
desde Panamá, al océano Pacífico desde Ecuador e incluso a la cuenca del
Marañón y el Amazonas.
Para
este último fin, Bolívar defendió el pretendido derecho colombiano a los
territorios de Jaén y Maynas (basándose en la antigua demarcación virreinal), y
desconociendo su voluntad de pertenecer al Perú nos declaró la guerra el 3 de
julio de 1828. Una absurda guerra que tuvo que ser afrontada
por el departamento de la Libertad, que un año después concluyó con un
armisticio y un precario tratado, sin concesiones territoriales, firmado el 22
de setiembre de 1829. Jaen y Maynas… ¡ni de a vainas!, señor Libertador.
Batalla de Portete de Tarqui (27 de febrero de
1829), librada en territorio actualmente ecuatoriano entre las fuerzas de la
Gran Colombia dirigidas por Sucre –siendo Bolívar presidente de ese país– y las
peruanas dirigidas personalmente por el presidente La Mar. Durante esta batalla
hubo un duelo a caballo y lanza entre el comandante colombiano Camacaro y el
teniente coronel peruano Domingo Nieto, en el que venció este último. Bolívar
reclamaba Jaén y Maynas como territorio colombiano. Adiós hermandad
libertadora.
Decepciones
sanmartinianas
Mientras
Trujillo luchaba esforzadamente por asegurar su territorio durante la primera
mitad de 1821, San Martín se ufanaba de controlar la mitad del país para poder
negociar con el virrey acuerdos contrarios a los ideales republicanos. El
autoproclamado Protector, en ninguna de sus proclamas nos proponía una forma de
gobierno específica. Se limitaba a prometer que los peruanos decidirían
libremente su futuro. Sin embargo, hacía todo lo posible por imponer a los
peruanos un entendimiento con el virrey sin consulta alguna.
Durante
la célebre entrevista en la casa de la hacienda de
Santiago de Punchauca (al norte de Lima, en lo que hoy es Carabayllo) el 2 de
junio de 1821, San
Martín propuso por escrito al virrey La Serna firmar un acuerdo de paz y constituir
de manera conjunta un gobierno provisional tripartito (un español, un peruano
un argentino) cuyo propósito sea la proclamación de la independencia y “el
establecimiento de una monarquía constitucional en el Perú”, con un monarca
“elegido por las cortes constitucionales de España” y ceñido a la Constitución
“que formen los pueblos del Perú”. San Martín agrega: “Si se reconoce la
independencia, y se declara de un modo público y solemne”, en ese gobierno
provisorio tripartito “el general La Serna, o el que él elija, mandará los
ejércitos de Lima y patriótico, como una sola fuerza”[1].
[1] Citado por Leguía y Martínez, Germán. Historia
de la emancipación del Perú. El Protectorado. Comisión Nacional del
Sesquicentenario de la Independencia del Perú. Lima, 1972, tomo 4, p. 271.
San Martín y La
Serna en Punchauca el 2 de junio de 1821. El primero propone un cogobierno
monárquico sin consultar a los peruanos. Pintura de Francisco González Gamarra.
El
virrey estuvo dispuesto a discutir una propuesta de paz —de hecho hubo un
armisticio desde el 23 de mayo, que tuvo sucesivas prórrogas, hasta el 30 de
junio, incluyendo un canje de prisioneros— pero muy a su pesar no podía aceptar
una propuesta política que desconociera la autoridad del rey español Fernando
VII.
Concluidas las conversaciones, San Martín procedió
a cercar Lima y preparó la toma de la ciudad. Esperó a que el 6 de julio, La
Serna y los demás jefes españoles optaran buenamente por dejar la capital y
trasladar la sede virreinal al Cusco. El control de la ciudad quedó en manos de
un noble limeño, el marqués de Montemira, con un mínimo de tropas españolas para
custodiar el orden público. Los castillos del Callao siguieron ocupados por los
realistas.
[1] Citado por Leguía y Martínez, Germán. Historia
de la emancipación del Perú. El Protectorado. Comisión Nacional del
Sesquicentenario de la Independencia del Perú. Lima, 1972, tomo 4, p. 271.
Lima, 28 de julio
de 1821. Un acto simbólico que encubría intenciones monárquicas. Pintura por
Edna Velarde.
¿“A enemigo que se va, puente de plata”?
En el Estado Mayor de San Martín y en el comando de
la armada patriota cuyo jefe era Lord Cochrane, causó disgusto que el general
decidiera no tomar medidas de guerra durante la retirada española. Una división
del ejército realista al mando de Canterac se adelantó una semana antes para
proteger la salida del virrey La Serna y sus tropas. El traslado de ambos era
lento y difícil por los frecuentes ataques de montoneros. El general patriota
Álvarez de Arenales consideraba que con sus fuerzas y las de San Martín en
Lima, era posible cercarlos por separado y vencerlos. A su vez, Cochrane
sostenía que sin el apoyo de Lima, la guarnición española en los castillos del
Real Felipe estaba indefensa y podía ser batida por tierra mientras se le
atacaba desde el mar.
Era el momento propicio para que la entrada en Lima
sea al mismo tiempo la derrota del ejército virreinal. Sin embargo, el
generalísimo no permitió ninguna acción de guerra y mantuvo la mayor parte del
ejército patriota durante varias semanas en la inmovilidad en las afueras de
Lima, en Mirones y La Legua. Ante las exigencias de acción, San Martín
respondía: “A enemigo que se va, puente de plata”. Diversos historiadores —incluidos los más
elogiosos hacia San Martín, como Bartolomé Mitre— han dado la razón a Cochrane y Arenales. El generalísimo dejó pasar una
oportunidad de oro para vencer al virrey. O no quiso enfrentarlo[1].
Más adelante prosiguió con sus tratativas de imponer un rey al Perú, propuesta
que la mayoría de peruanos, entre ellos José Faustino Sánchez Carrión desde La Abeja Republicana, rechazaban.
El proyecto monárquico hubiera sido un enorme paso
atrás en el proceso emancipador. Esto escribía en contra de San Martín el
prócer huamachuquino José Faustino Sánchez Carrión: “Un trono en el Perú
sería acaso más despótico que en Asia y, asentada la paz, se disputarían los
mandatarios la palma de la tiranía. […] Por una fatal experiencia sabemos que
ser rey, e imaginarse dueño de vidas y haciendas, todo es uno. […] Pero, lo que
es más doloroso, los mismos vasallos llegan a persuadirse de esto, por la
práctica de hincar la rodilla, por la expectación continua del soberano tren, y
por los funestos halagos de una corte imponente y corrompida”[2].
Trujillo financió Junín y Ayacucho
Si el 28 de julio de 1821 fue apenas un acto simbólico
y casi teatral, ¿debe celebrarse entonces el 9 de diciembre de 1824, día de la
victoria de Ayacucho en lugar del 28 de julio de 1821? Es sin duda una fecha
importante, porque señala la derrota del virrey y el fin de su poder. Pero no
olvidemos que la victoria de Ayacucho —que es
indesligable de la victoria de Junín del 6 de agosto de ese año— no habría sido posible sin la acción política de José Faustino Sánchez
Carrión, ministro general cogobernante con Bolívar, junto con su equipo de
colaboradores, reuniendo fondos, organizando a la población, y auxiliando al
Ejército Unido Libertador con una red prodigiosa de “montoneros” que hostigaban,
aislaban y mellaban la moral del ejército realista, formado en su gran mayoría,
como ya se ha dicho, por peruanos. Bolívar no podía por sí solo obrar milagros.
[1] En base a las
memorias de Miller y de Cochrane. Ver: Leguía y
Martínez, Germán. Op. Cit., Lima 1972, tomo
4, pp. 371 y ss. Hubo una segunda oportunidad perdida por San Martín durante un
intento español de abrir camino hacia el Callao el 7 de setiembre de 1821. El
generalísimo prohibió todo ataque bélico y permitió a las fuerzas enemigas retirarse
en orden. Al final, “mientras Canterac se estaba preparando en Jauja, nuestras
tropas no hacían otra cosa que comer y pasear, y el Gobierno Protectoral
pensando en saraos y bailes como todo Lima lo vio”, recordó meses después La Abeja Republicana Nº 7, sábado 7 de junio de 1823, p. 117.
[2] “Sobre la
inadaptabilidad del gobierno monárquico al Estado libre del Perú”. Carta del
Solitario de Sayán. La Abeja Republicana
Nº 4. Lima, jueves 15 de agosto de 1822.
José Faustino Sánchez
Carrión, tenaz opositor al proyecto monárquico de San Martín desde La Abeja Republicana.
El historiador Gustavo Bacacorzo ha dado amplia
información sobre las condiciones en las que llegaban las tropas colombianas de
Bolívar. Leamos: “La brillante
caballada —al decir de Bolívar— que disfrutan las tropas del
llamado Ejército del Norte, era totalmente peruana. […] El vestuario del ejército
colombiano aliado, como también de argentinos, chilenos y bolivianos, son
proporcionados por el Perú. Consta instrumentalmente que hubo batallones que
llegaron totalmente desnudos a Casma y Supe en 1823 y 1824 […] sin fornituras,
sin armamento y sin nada que merezca la pena. […] El armamento es igualmente
adquirido por el Perú”[1]. El
gran mérito del ministro general Sánchez Carrión y de sus colaboradores
peruanos, es mantener, vestir, equipar y armar a cerca de 10 mil hombres. La
fuente de todos estos gastos solo podía venir del departamento de Trujillo, el
único que había dejado de ser zona de guerra y era fiel al proyecto
emancipador. A esto se une una labor política, que debía traducirse en la
adhesión de los nuevos pueblos liberados a los ideales republicanos, ofrecer
voluntarios para engrosar el ejército y colaborar con el aislamiento del
enemigo.
El mayor aporte lo dio la provincia de Trujillo,
que aceptó poner a las órdenes del general La Mar el “dos y medio por ciento de
la población” en edad de tomar las armas (unos cinco mil voluntarios) y embargó
todos los caballos, coches y bestias de tiro, como lo atestigua una carta del
mariscal Sucre del 4 de febrero de 1824.
Las ediciones de la Gaceta de Gobierno publicadas en Trujillo publican una detallada
contabilidad del aporte de las provincias norteñas al fondo de la campaña
emancipadora. Por ejemplo, entre febrero y marzo de 1824 el aporte de los
hacendados de Trujillo sumó el equivalente a 47 mil pesos de plata, el aporte
de la iglesia trujillana sumó 22 mil pesos. Hubo también grandes aportes en
hombres y recursos económicos de Piura, Chota, Cajamarca, Huaylas, Huánuco y
muchas otras localidades.
Las contribuciones no se interrumpieron hasta el
fin de la guerra. Por ejemplo, entre marzo y octubre de 1824, Chota contribuyó
con el equivalente de 23 mil pesos de plata; el pueblo de Pataz aportó 10 mil
pesos y Huamachuco 38 mil pesos, cifras de una magnitud extraordinaria para esa
época y que implicaban un gran sacrificio.
Cuando llegaron los refuerzos colombianos a fines
de marzo de 1824 ya existía un núcleo de combatientes peruanos de más de 6 mil
efectivos en pleno adiestramiento y bien pertrechados. Hubo además una fuerza
auxiliar de un millar de guerrilleros equipados y protegidos por los hacendados
de la provincia. Muchos tratados de historia no mencionan estos datos, que
están al alcance de cualquier lector en las gacetas oficiales de la época.
El norte, el departamento de Trujillo, invencible y
soberano, financió las campañas de Junín y Ayacucho. Por eso, el 14 de junio de
1824, un decreto de Bolívar y Sánchez Carrión decidió premiar el esfuerzo de guerra
del departamento de Trujillo (que comprendía, nunca lo olvidemos, los actuales
departamentos de Tumbes, Piura, Lambayeque, La Libertad, Cajamarca y Amazonas),
exceptuándolo “por el término de diez o más años del pago de contribuciones al
Estado”. Decreto que, por supuesto, no se cumplió.
[1] Bacacorzo,
Gustavo. “El Ejército Peruano en la campaña de Ayacucho” en Historia general de Ejército Peruano.
Comisión Permanente de Historia del Ejército del Perú. Lima, 1984. Tomo IV,
Vol. 2, p. 701.
José de La Mar organizó y entrenó, con ayuda de Ramón
Castilla, a los combatientes peruanos, en su mayoría trujillanos, que se
batieron en Junín y Ayacucho. Siendo Presidente del Perú (1827-1829) se opuso a
las ambiciones de la Gran Colombia sobre Jaén y Maynas.
La batalla de Junín la ganaron
los trujillanos
Tampoco
olvidemos que la batalla de Junín estuvo a punto de perderse si no fuera por la
intervención de los Húsares del Perú, quienes ingresaron al combate cuando
Bolívar se batía en retirada. Y los Húsares del Perú eran de Trujillo. El mariscal
peruano José de La Mar, organizó y entrenó en Trujillo, con ayuda del teniente
coronel Ramón Castilla, la División Peruana del Ejército Libertador, que
incluyó el escuadrón de húsares de la “Legión Peruana de la Guardia”, llamados
por Bolívar “Húsares del Perú” y luego de la victoria, “Húsares de Junín”.
El mariscal
Miller, auxiliar militar de Bolívar de origen inglés, cuenta en sus cartas y
sus memorias un detalle que el parte oficial de Junín que redactara Sucre, no
dice. Fue la división peruana al mando de La Mar la que contuvo con firmeza el
ataque de la caballería realista para proteger la retirada de Bolívar.
Cuando los
Húsares del Perú sorprenden por la retaguardia a la caballería del general
español Canterac, La Mar encabezó espada en mano el contraataque. Al final
dieron media vuelta y se sumaron a la batalla los libertadores extranjeros. La
batalla fue ganada por los peruanos, sobre todo trujillanos, combatiendo cuerpo
a cuerpo sin armas de fuego. En este caso, la caballería realista, cuerpo
militar de lujo, sí tenía mayoría española.
Capitulación de Ayacucho. Óleo de Daniel Hernández.
El
aporte de Trujillo a la guerra de independencia y el haberse mantenido firme
desde diciembre de 1820, motivó el decreto del 9 de marzo de 1825 que cambió el
nombre del departamento de Trujillo por departamento de La Libertad (también se
decretó que la ciudad de Trujillo se llame ciudad de Bolívar, pero eso ya es
otra historia).
La batalla de Ayacucho
Algunos se preguntan por qué el virrey La Serna,
herido y prisionero al concluir la batalla de Ayacucho, el 9 de diciembre de
1824, se apresuró a aceptar la rendición del virreinato y no dejó a sus
generales continuar la guerra. La razón es sobre todo política. Su autoridad y
la moral de las tropas, en su mayoría peruanas, se habían derrumbado, así
contara, en términos numéricos, con importantes contingentes y recursos de
guerra.
A ello contribuyó la actividad política de Sánchez
Carrión y el prestigio de Trujillo como baluarte de la independencia, en
momentos en que Lima y el Callao seguían bajo control español. El efecto
político del prestigio trujillano es el aislamiento de la élite española del
ejército realista, con deserciones masivas de reclutas peruanos y el acoso
incesante de fuerzas guerrilleras que no permiten a los españoles comunicarse
ni abastecerse.
El gran “zarco”, José
Faustino Sánchez Carrión, ideólogo de la república y prodigioso organizador de
los poderes públicos en medio de la guerra. Nació el 13 de febrero de
1787 en Huamachuco. Falleció el 2 de junio de 1825 en Lurín, Lima, a los 38
años.
Los grandes vencedores de Ayacucho, después de los
héroes del campo de batalla, son aquellos soldados irregulares que rodeaban al
ejército del virrey y le hacían imposible subsistir. Por eso dice el
historiador Gustavo Bacacorzo: “No es pues aventurado decir
entonces que dos tercios de las tropas triunfadoras en Ayacucho eran netamente
peruanas, sin contar en éstas a más de tres mil guerrilleros que conforman la
retaguardia patriota, controlan las quebradas, se autosostienen y mueren sin
dejar sus nombres registrados, constituyendo el verdadero soldado desconocido”[1].
En Trujillo empezó
a nacer la república
¿Por qué Trujillo se
convirtió en un símbolo de la emancipación para los demás peruanos? Porque allí
podían ver todos los peruanos cómo sería el nuevo país. El departamento de
Trujillo fue el punto de partida de muchas instituciones de nuestra naciente
república, sobre todo en 1824, mientras Lima estuvo tomada por los españoles y
desde Trujillo, como capital interina, se gestaba el triunfo de la guerra emancipadora.
Retratos originales de época
de Sánchez Carrión y de Bolívar que se conservan en la casa natal del prócer
huamachuquino.
Trujillo fue la primera capital regional en tener
una Corte Superior independiente. El decreto de Bolívar del 26 de marzo de 1824
dispuso la creación de una Corte Superior de Justicia en Trujillo con
atribuciones temporales de Corte Suprema. Esto quería decir que “su autoridad
es extensiva a todos los departamentos actualmente libres, mientras se liberta
la capital de Lima” (Art. 2 del decreto). El 30 de abril, Sánchez Carrión
declaró instalada esta Corte de Justicia, presidida por el gran jurista Manuel
Lorenzo de Vidaurre. Allí nació el Poder Judicial republicano. Los peruanos de
todos los rincones del país podían presentar sus querellas.
El 3 de abril de 1824, Bolívar y su ministro
general Sánchez Carrión decretaron la creación de un Tribunal de Seguridad
Pública, que se ocupe “privativamente de los delitos de sedición, traición e
infidencia, cualquiera que sea el fuero del delincuente”, con el propósito de
juzgar este tipo de casos mediante jueces profesionales y no desde el fuero
militar. Este Tribunal también se ocupaba de sancionar los abusos de los jefes
militares allí donde había tropas numerosas acantonadas.
Primera y última página del
decreto de creación de la Universidad de Trujillo, con las firmas de Bolívar y
Sánchez Carrión, Huamachuco, 10 de mayo de 1824.
El 8 abril de 1824, Bolívar y
Sánchez Carrión decretaron
la protección de las tierras de propiedad de las comunidades indígenas. Ley de
gran importancia para lograr el apoyo de la población andina. También se abolió
el tráfico de esclavos (que fue restituido pocos años después). Y el 10 mayo 1824, desde Huamachuco, tierra natal de Sánchez Carrión, se
decretó la Universidad Nacional de Trujillo, la primera universidad creada en
tiempos republicanos.
La república empezó a nacer y a tomar cuerpo en el
departamento de Trujillo. Ninguna otra zona del país tenía la seguridad, la
firmeza en torno a la causa patriota ni la colaboración de la población en esa
misma escala. Y todo empezó el 29 de
diciembre de 1820, fecha que ha tenido más trascendencia en el proceso
emancipador que el 28 de julio de 1821.
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