NOTAS SOBRE LA VIDA Y OBRA DE ANDRÉS TOWNSEND EZCURRA


Hugo Vallenas Málaga



    Haya de la Torre en su despacho de la presidencia de la Asamblea
    Constituyente al lado de Andrés Townsend

El 23 de marzo se cumple un aniversario más del nacimiento del egregio chiclayano Andrés Townsend Ezcurra. Como intelectual, parlamentario, líder político y periodista, Andrés Townsend ha dejado honda huella en América Latina. Después de Víctor Raúl Haya de la Torre (Trujillo 1895-Lima 1979), fue el más importante difusor, actualizador, defensor y organizador de los ideales de la integración latinoamericana. Veamos algunos aspectos de su obra escrita y su fructífera labor como legislador y pensador político.


Algunos datos biográficos


Andrés Townsend Ezcurra (Chiclayo, 23 de marzo de 1915-Lima, 31 de julio de 1994), profesionalmente fue abogado, graduado en la Universidad de La Plata en 1942. Pero su verdadera vocación estuvo compartida por la investigación y exposición político-doctrinal, el periodismo y la política parlamentaria. Fue, en definitiva, como todos recordamos, el gestor de la fundación del Parlamento Latinoamericano en Lima, en diciembre de 1964. Fue el primer secretario general de este organismo y siguió ejerciendo el cargo, por reiterada decisión de los parlamentarios del continente, durante 27 años (1964-1991).

ATE fue diputado electo por Lambayeque en 1962, pero fue privado del cargo por el golpe militar del general Ricardo Pérez Godoy. Fue otra vez diputado lambayecano en 1963, llegando a ser elegido presidente de su Cámara en 1968, poco antes del golpe militar del general Juan Velasco Alvarado. Luego fue Constituyente y destacado integrante de la Comisión Principal encargada de redactar la Constitución entre 1978 y 1979. Fue autor, entre otros artículos, del Artículo 100 de la Carta Magna de 1979, que dice a la letra: «El Perú promueve la integración económica, política, social y cultural de los pueblos de América Latina, con miras a la formación de una comunidad latinoamericana de naciones».  

Nuevamente fue diputado por Lambayeque para el período 1980-1985 y finalmente senador entre 1985-1990. Como documenta en su libro Por la libertad de los pueblos. Misión en Naciones Unidas (1962), aportó durante la XI Asamblea de la ONU (setiembre a noviembre de 1956) en el debate y redacción de importantes documentos como el «Pacto de derechos económicos, sociales y culturales», que incorporó el derecho de huelga por su iniciativa.

Aunque mucho se subraya que Andrés Townsend tenía rasgos y actitudes provenientes de sus raíces sajona y vasca, él se consideraba un «huerequeque a tiempo completo», embebido de las costumbres y el sentir de sus más arraigados paisanos. El quehacer político internacional nunca apartó a Townsend de la preocupación por su tierra natal, La Santa Tierra, como reza uno de sus libros, dedicado a Lambayeque. Fue por iniciativa de ATE que se dio la ley que permitió la construcción del reservorio de Tinajones (Ley 14971 de 1964) y la que otorgó «primera prioridad» al proyecto hidroenergético de Olmos (Ley 23257 de 1980).

Desde su juventud, Townsend se caracterizó por ser un individuo tranquilo, laborioso y ordenado, amante de la lectura y sensible a los problemas sociales. Nunca tuvo aficiones noctámbulas ni bohemias. Tampoco hubo desvaríos ni etapas perdidas en su formación intelectual. Desde que leyera por primera vez la revista Amauta en 1927, descubriendo a Víctor Raúl Haya de la Torre, siguió un mismo camino signado por dos vías paralelas: la democracia y la unidad de América Latina, y encontró, simultáneamente, a Bolívar y a Haya de la Torre como los paradigmas definitivos de su vocación.

Fue también un hombre de hogar, firmemente vinculado a su familia, a su esposa Anel y a sus hijas Elena, Andrea, Josefina y Anel.

El ideólogo de la integración continental


Sobre los fundamentos doctrinales de la integración y en particular sobre el pensamiento unionista bolivariano, Townsend nos ha legado una admirable bibliografía, cuya obra cimera es Bolívar, alfarero de repúblicas. (Ediciones Libera, Buenos Aires, 1973). Este trabajo fue premiado en el concurso internacional de homenaje al Libertador Bolívar convocado por la OEA en 1972, pero todavía no es debidamente apreciado en nuestro país, no obstante ser una fuente de consulta imprescindible sobre el tema en muchos países de América Latina. 

Lo primero que sorprende a quienes leen a Townsend es la claridad y amenidad de su prosa en un tema que es sumamente árido cuando es consultado en otros autores. Contra lo que pueda suponerse, ATE nunca se limitó a elogiar y describir el ideario bolivariano. Siempre fue al grano señalando limitaciones reales y limitaciones dictadas por la época –como la «presidencia vitalicia» propuesta para Bolivia y Perú–, pero también es audaz al señalar que mucho de lo que hoy es América Latina no está todavía a la altura de los tópicos más vigentes y valiosos del pensamiento unionista y republicanista del genial Libertador.

Su Bolívar, alfarero de repúblicas concluye con un interesante capítulo denominado «Apuntes para una ucronía americana», donde explora qué habría sucedido de haberse invertido los papeles: Norteamérica desunida y empobrecida; y América Latina unificada.

Creación y desarrollo del Parlamento Latinoamericano


Otra libro fundamental de Townsend es Patria Grande. Pueblo, parlamento e integración. (Editorial Desa, Lima 1991). Se trata de un ilustrativo recorrido por toda la sucesión de iniciativas, tanto fructíferas como truncas, relacionadas con el proceso de integración continental, desde la época de Bolívar hasta la fecha de publicación del libro. Es sobre todo una historia política del proceso en pos de la integración. El recorrido de Townsend nos lleva hasta la creación del BID, la CEPAL y el acuerdo de Punta del Este, incluyendo referencias al proceso de unidad europea.

Complementa esta obra un folleto de pequeño formato pero profundo contenido: 27 años de lucha por la integración de América Latina. Memoria del secretario general del Parlamento Latinoamericano, Dr. Andrés Townsend Ezcurra, (Ediciones de la secretaría general del PL. Imp. América, Lima)



Andrés Townsend Ezcurra hace uso de la palabra en una I Asamblea Ordinaria del Parlamento Latinoamericano realizada en Lima en el mes de julio de 1965. Luis Agustín León (argentino) fue electo presidente. Preside la sesión Luis Alberto Sánchez.

Respecto al Parlamento Latinoamericano, gestado por iniciativa del Partido Aprista, tuvo su Asamblea Constitutiva en el Congreso de Lima entre los días 6 y 11 de diciembre de 1964. El día 6 se realizaron las juntas preparatorias, el día 7 fue la sesión inaugural y el 9 de diciembre se suscribió la ‘Declaración de Lima’, que dio nacimiento efectivo al Parlamento. La sesión de clausura fue el día 11. Asistieron 160 parlamentarios de 13 países, rindiendo homenaje al 140 Aniversario de la convocatoria bolivariana al Congreso Anfictiónico de Panamá (7 de diciembre de 1824). Al concluir las sesiones, ATE fue elegido por unanimidad secretario general del PL y será reelegido consecutivamente en 13 oportunidades.


Una placa recordatoria en el Congreso de Lima señala el día 7 como el de la fundación pero el propio fundador prefiere señalar lo siguiente en el umbral de 27 años: «El 11 de diciembre de 1964, en el Salón de sesiones de la Cámara de Diputados del Perú […], representantes de 14 países de América Latina fundaron una institución democrática, de carácter permanente, representativa de todas las ten­dencias políticas existentes en nuestros cuerpos legisla­tivos»; y «señalábase como misión del nuevo organismo, promover, armonizar y canalizar el movimiento hacia la integración». Añade ATE: «El 18 de julio de 1965, la I asamblea ordi­naria, reunida también en Lima, fundó definitivamente el Parlamento Latinoamericano y le dio su Estatuto y Regla­mento».

Un detalle interesante que revela en el pequeño libro 27 años, es que en la IV Asamblea Plenaria del Parlamento Latinoamericano, en 1969, en Bogotá, ATE presentó su renuncia al cargo de secretario general en tanto ya no era parlamentario en ejercicio, como lo exigían los Estatutos, desde que fuera cerrado el Congreso peruano por la dictadura militar. El PL, en esa oportunidad, acordó enmendar los estatutos, agregando «o ex parlamentario» entre los requisitos para la secretaría general, a fin de permitir la reelección de ATE.

De acuerdo a 27 años, el logro más importante de Townsend desde la secretaría general del Parlamento Latinoamericano, fue la obtención del Tratado de Institucionalización de dicho parlamento, firmado el 16 de noviembre de 1987 por 18 países.

El militante indeclinable


Andrés Townsend se distingue por su invariable lealtad a las ideas y la ética militante de Víctor Raúl Haya de la Torre. Abrió los ojos a la política desde el aprismo y nunca se apartó de esa senda doctrinal.

Townsend estudió primaria y gran parte de la secundaria en el colegio San José de Chiclayo. Luego se trasladó a Lima a concluir la secundaria. Se afilió al Partido Aprista Peruano en abril de 1931, a los 16 años de edad, siendo todavía estudiante del quinto año de secundaria en el colegio Nuestra Señora de Guadalupe. Pronto formó parte de sus organismos directivos juveniles. En el diario aprista La Tribuna del 17 de julio de ese año, en la pag. 6, aparece como integrante del «Comité Directivo Provisional» de la Juventud Aprista, junto con Víctor Vergara, Rubén Dancourt, Armando Echeandía, Wenceslao Flores, Carlos Muñoz, Romeo Salgado y Mario Suárez.

Como joven activista, Andrés Townsend fue testigo y partícipe de la transformación del aprismo en un movimiento político-social de hondo alcance histórico. Estuvo cuando se cantó por primera vez La Marsellesa Aprista, en mayo de 1931, y cuando por primera vez se saludó con pañuelos blancos a Haya de la Torre.


En 1935, a los 20 años, exiliado en Buenos Aires, al lado de Manuel Seoane

Su primer artículo para La Tribuna, a mediados de 1934, titulado «La deserción de los intelectuales», amonestaba con dureza a la intelectualidad oficial, que poco o nada había hecho contra la dictadura de Sánchez Cerro. El jefe del APRA leyó este artículo y pidió conocer a su autor. Desde ese primer encuentro, hasta el fallecimiento de Haya de la Torre en agosto de 1979, la lealtad al líder y pensador trujillano se mantuvo invariable en Andrés.

En 1934, al iniciarse la larga clandestinidad, Townsend era dirigente de la Federación Aprista Juvenil e integrante del Buró de Conjunciones que vinculaba la organización del partido. Apenas de 20 años, fue detenido y deportado a Chile en febrero de 1935. En marzo se trasladó a Buenos Aires, donde fue recibido por uno de los líderes históricos del APRA: Manuel Seoane. Estuvo exiliado diez años, equivalentes a su etapa más crucial de formación profesional y maduración personal.

Entre los exiliados apristas, ATE cumplió una función muy destacada, siempre al lado de Manuel Seoane. De la simpatía de Haya de la Torre por los progresos del joven discípulo quedan muchos testimonios, como esta carta del jefe del APRA a Luis Alberto Sánchez, de marzo de 1937, donde dice:

«ATE está funcionando muy bien. Llegan cosas abundantes en recortes de Montevideo y Buenos Aires. Tiene un dinamismo y un sentido de responsabilidad que cada día me acercan más a él. Ojalá se mantenga así. Pero hasta hoy es uno de los más eficientes y comprensivos portadores de la nueva camada aprista, si no el mejor. Sobre todo comprende la necesidad de una labor incesante y hace labor aprista a firme y a fondo. Además, entiende lo que es el aprismo como obra continental y ha entrado firme en el apostolado. Hay que alentarlo porque el tipo vale».[1]

Con el paso de los años, la estimación de Haya de la Torre por Townsend se hizo mayor, sobre todo tras la fundación del Parlamento Latinoamericano. Por su experiencia en foros internacionales, entre ellos las Naciones Unidas, ATE era acompañante imprescindible del jefe del aprismo en todo evento que incluya la participación de personalidades de ese nivel. Surgió de ello una estrecha amistad entre Townsend y líderes continentales como Rómulo Betancourt, de Acción Democrática de Venezuela; José Figueres Ferrer, expresidente de Costa Rica; Salvador Allende, del Partido Socialista de Chile y Dardo Cúneo del socialismo argentino.

No fue casual que Haya de la Torre lo designara como su principal acompañante en el «Encuentro de la democracia social», que en mayo de 1976 reunió en Caracas a representantes de partidos socialistas y democráticos de todo el mundo, como Willy Brandt, Rómulo Betancourt y Bettino Craxi. En dicho evento, Haya de la Torre remarcó que la actitud entre los partidos populares de América Latina y los socialistas europeos debía ser de «coordinación» y no de afiliación, señalando además que el aprismo era «democracia social y no socialdemocracia».[2]


[1] Ver: Correspondencia Haya de la Torre-Luis Alberto Sánchez,; Mosca Azul editores, Lima, 1982; volumen 1, pp. 302-303.
[2] Ver el artículo de Andrés Townsend: «Democracia social y socialdemocracia» (revista Oiga, Lima, 1982) en el volumen compilatorio Trayectoria de un pensamiento (Lima, 1994, pp.48-51).


Dia de la Fraternidad de 1960, en el Coliseo de Chacra Ríos, Lima. Townsend es el anfitrión del expresidente de Costa Rica José Figueres y del líder socialista chileno Salvador Allende

Townsend fue el más cercano colaborador de Haya de la Torre en la Asamblea Constituyente de 1978-1979. Colaboró en la redacción del Mensaje  inaugural ante la Asamblea Constituyente del 28 de julio de 1978. Por su vínculo personal e intelectual con el jefe y maestro, Andrés Townsend fue el orador insustituible en el homenaje de cuerpo presente que la Asamblea tributó al líder fallecido en la plaza Bolívar.

Contra el aprismo «congelado» y procomunista


En vida de Haya de la Torre, para ningún aprista cabía la más leve duda sobre la coherencia evolutiva de la doctrina partidaria. Luego de una época auroral y formativa, esencialmente propagandística (1924-1930), el aprismo se puso los pantalones largos cuando empezó a asumir responsabilidades políticas de primer orden (a partir de 1931). De allí en adelante hubo una doctrina madura, invariable, coherente y con efectiva capacidad de gobierno.

En efecto, durante sus primeros años de exilio, después de octubre de 1923, cuando el APRA estaba recién en gestación, Haya de la Torre tuvo expresiones ideológicas tentativas con mucho énfasis en el marxismo, como aquel célebre enunciado del manifiesto «¿Qué es el APRA?», de diciembre de 1926, donde señala: «La lucha contra nuestras clases gobernantes es indispensable; el poder político debe ser capturado por los productores; la producción debe socializarse y América Latina debe constituir una Federación de Estados. […] La nacionalización de la tierra y de la industria y la organización de nuestra economía sobre las bases socialistas de la producción es nuestra única alternativa. Del otro lado está el camino del coloniaje político y de la brutal esclavitud económica».[1]

El libro El antiimperialismo y el APRA (escrito en 1928 y publicado en 1935), siendo valioso por dar nueva vigencia al ideal unionista bolivariano y por sus agudos argumentos polémicos contra el comunismo soviético, aún adolecía en algunos enunciados de excesiva supeditación a la escolástica marxista de Europa occidental entonces en boga, como en aquella afirmación que define el «Estado antiimperialista» preconizado por el aprismo como un «Estado de guerra defensiva económica [en el que] es indispensable también la limitación de la iniciativa privada y el contralor progresivo de la producción y de la circulación de la riqueza»,[2] fijándose como tarea «la emancipación nacional contra el yugo imperialista y la unificación económica y política indoamericana. La revolución proletaria, socialista, vendrá después».[3] El autor no quiso reeditar este libro durante muchas décadas (desde 1936 hasta 1970) y en el interín sólo permitió la publicación de una versión extensamente anotada y comentada bajo el título 30 años de aprismo (1956).

Todas las dudas y malinterpretaciones respecto a estos primeros tanteos doctrinales, sobre todo aquellas que ponían en duda la vocación democrática del aprismo, fueron despejadas por Haya de la Torre en el I Congreso del PAP de 1931, en textos reunidos en el volumen Política aprista (Lima, 1933), en la antología Pensamiento político de Haya de la Torre (Lima, 1961) y en las Obras completas (Lima, 1976-1977), donde declara con énfasis: «Durante el período anterior a este Congreso […] han podido formularse diversas opiniones y adelantarse diferentes interpretaciones de lo que es el aprismo, como yo mismo lo hecho. Pero de aquí en adelante, lo que esta magna asamblea resuelva será indesviablemente, para todos nosotros, nuestro ideario, nuestra pauta, nuestra norma de pensamiento y  praxis. […] Todas las opiniones procedentes de cada uno de nosotros que no concuerden con las supremas decisiones democráticas de esta magna asamblea, quedan fuera de la línea ideológica del enfoque peruano de la Alianza Popular Revolucionaria Americana».[4]

Los lemas que resumen esas pautas definitivas del aprismo –relativista, democrático y claramente delimitado del socialismo y el comunismo– son bien conocidos: «El aprismo es un partido democrático de izquierda. Considera a la democracia como una función tanto política como social» (1931).[5] «No estamos en contra del capital que se sujeta a nuestras leyes y procura el impulso de nuestra riqueza. Estamos en contra del capital que explota nuestras riquezas y se burla de nuestras leyes» (1931).[6] «Tiene razón y mucha [quien] te refuta aquello de ‘primero apristas, después comunistas’. […] El aprismo no es un dogmatismo cerrado y arbitrario, sino una línea de acción hacia el infinito» (1932).[7]

Este corpus doctrinal, ampliamente desarrollado por Haya de la Torre, comprende en forma por demás coherente expresiones posteriores como las siguientes: «El aprismo económicamente no es comunista ni socialista porque mantiene el principio de la propiedad privada; y no es fascista porque es contrario al principio de la corporación, ya que sostiene el régimen de la cooperativa» (1940). «No se trata de quitar la riqueza al que la tiene sino de crear riqueza para el que no la tiene» (1945). «Nosotros no empleamos la democracia como paso o compás de espera para el socialismo o el comunismo; para nosotros la democracia es una meta en sí. No queremos pan sin libertad como en Rusia ni libertad sin pan como en otras partes. Queremos ambas cosas» (1946). «El dictado marxista ‘la violencia es la partera de la historia’ hoy sabemos […] que resulta una falacia» (1954).[8]


[1] Este manifiesto se publicó primero en inglés («What is the APRA?») en The Labour Monthly, Londres, diciembre de 1926. En enero de 1927 apareció en español en América Latina y se incluyó en el libro de Haya de la Torre, Por la emancipación de América Latina, editado ese año en Buenos Aires por Gabriel del Mazo (M. Glezier editor, pp. 187-195).
[2] Ver Cap. VII (p.139 de la 2da. edición de 1936).
[3] Ver Cap VI (p. 122 de la 2da. Edición de 1936).
[4] Ver «Discurso ante el I Congreso Nacional del PAP» (20 de agosto de 1931) que forma parte del libro Política aprista (Lima, 1933) en Haya de la Torre, Obras completas (1976-1977), tomo V, pp. 42-43.
[5] Ver el mismo discurso. Loc. Cit. p. 43.
[6] Ver el mismo discurso. Loc. Cit. pp. 45-46. No es una cita textual del discurso. Haya de la Torre cita elogiosamente un titular de la carátula de la revista APRA, Segunda época, Nº 13, 15 de mayo de 1931.
[7] Ver «Mensaje de Navidad» que forma parte del libro V. R. Haya de la Torre, Cartas a los prisioneros apristas (Lima, 1946) en Haya de la Torre, Obras completas (1976-1977), tomo VII, p. 205.
[8] Citas correspondientes a los textos: «La verdad del aprismo» (1940), «Discurso del reencuentro» (1945), «No queremos el fascismo ni el comunismo» (1946) e «Imperialismo, antiimperialismo y marxismo» (1954). Los textos primero, segundo y cuarto, pertenecientes al tomo I de las Obras completas (1976-1977), forman parte de la antología de Milda Rivarola y Pedro Planas, Víctor Raúl Haya de la Torre, Ediciones de Cultura Hispánica, Madrid, 1988; las citas están en las pp. p. 100, 111 y 125. El tercer texto, de 1946, se encuentra en la recopilación de Luis Alva Castro, Haya de la Torre, peregrino de la fraternidad bolivariana, S/e, Lima, 1990; p. 44.


Comentando la situación política: Haya de la Torre, Antenor Orrego, Jorge Idiáquez y Andrés Townsend; en el domicilio provisional del jefe del aprismo en la calle Chiclayo en Miraflores, agosto de 1957

Este aprismo «ortodoxo», leal a la larga trayectoria doctrinal y política de Haya de la Torre, alumbró políticas como el «interamericanismo democrático sin imperio» de 1941-1956 y la «convivencia democrática» de 1956-1962, sin recibir jamás objeciones internas serias. Quienes las adelantaron –como el grupo «Apra Rebelde» de Luis de la Puente Uceda– lo hicieron porque ya eran protagonistas de rupturas doctrinales esenciales, como en el caso de Luis de la Puente, afines al comunismo cubano.

Empero, después de 1979, Townsend tuvo que ser el abanderado de la reivindicación del aprismo «clásico», teniendo como adversarios a quienes, dentro del propio partido, introducían un cisma intelectual entre un aprismo «juvenil», presuntamente más radical; y un aprismo «maduro», acusado de ser más conservador. ATE tuvo que hacer frente a la expresión desconcertada de una generación que hacía una exégesis inmadura del libro juvenil de Haya de la Torre, El antiimperialismo y el APRA.

Al respecto, Townsend rememora lo siguiente en una extensa entrevista de 1994:

«Durante la crisis de 1979, el bando partidario que acaudillaba el entonces secretario de organización, Alan Gabriel Ludwig García Pérez, formuló una exigencia muy singular. En el curso del XII Congreso del partido, el mismo año de la muerte de Víctor Raúl, se presentó una moción signada por el señor García y otro compañero en la cual se definía, palabras más palabras menos, que ‘el texto único y supremo de la ideología del partido’ estaba resumido en el libro El antiimperialismo y el APRA. […] Se quería introducir en el APRA una discusión similar a aquella de los primeros tiempos de la iglesia cristiana, cuando se disputaba en torno al Credo de san Atanasio en el concilio de Nicea en el siglo IV. […] Era absurdo que el Congreso del partido se reúna y vote que el único texto válido para interpretar la doctrina aprista era El antiimperialismo y el APRA. Si hubiera sido así, quedaba entonces borrada o profundamente subestimada toda la producción intelectual de Haya de la Torre posterior a ese libro, es decir, las tres cuartas partes de sus Obras completas».[1]

Paradojalmente, Townsend encarnó la real ortodoxia hayista pero también la ausencia de dogmatismo y fanatismo. Ejemplificó la tolerancia, la curiosidad ante lo nuevo y la sagacidad para responder al contendor. Fue además un símbolo viviente de  la caballerosidad y la pulcritud en el gesto político y en la oratoria, además de ser hombre de reconocida integridad y honestidad.


[1] Entrevista con Hugo Vallenas (marzo de 1994) en Andrés Townsend: Trayectoria de un pensamiento (1994), pp. 27-28.


 Haya de la Torre y Townsend juntos en la campaña electoral aprista para la Asamblea Constituyente, marzo de 1978  

En las memorias de ATE, 50 años de aprismo (Editorial Desa, Lima, 1989; 356 pp.) podemos recorrer paso a paso la huella de su infatigable lealtad al aprismo. Dicho libro incluye el discurso que Townsend pronunciara ante el féretro del fundador del aprismo en la Plaza Bolívar de Lima.

Quienes fueron testigos de esa alocución, concuerdan en que ningún otro pudo ser el orador más apropiado para tan difícil trance. Las dolidas y elocuentes palabras de Townsend todavía resuenan a los pies del monumento a Bolívar:

«Aquí estamos, empobrecidos y angustiados, porque, de hoy en adelante, nos faltará tu sabiduría profética, tu arrollador impulso, tu inspiradora presencia. Te vas con tu grandeza y nos quedamos sin ella. Nuestra soledad es más grande que la tuya».[1]

Ese recordado discurso se pronunció el 5 de agosto de 1979. Al año siguiente, 16 meses después, una lamentable secuela de apetitos electorales y de abuso de poder partidista desfiguró la vida orgánica del aprismo y concluyó expulsando a Townsend y sus seguidores. Desde entonces, ATE dijo seguir estando en el aprismo «en la fe aunque no en la iglesia», y su conducta política, hasta su deceso en julio de 1994, siguió invariablemente la misma trayectoria de sus años juveniles. Townsend nunca dudó sobre la coherencia de la doctrina de Haya de la Torre ni trató de ‘rescatar’ algún aprismo más radical leído entre líneas en los textos aurorales. Nunca se acercó a reconocer como posibles aliados a los grupos comunistas, nunca rindió homenaje a terroristas y –como lo hiciera Haya de la Torre– nunca bajó la guardia en la condena al régimen cubano de Fidel Castro. Su aprismo fue siempre raigal, sólido e indeclinable.

El periodista laureado 

El periodismo ha sido una faceta fundamental de la vida profesional de Andrés Townsend. En sus años formativos, Townsend colaboró con ensayos y notas de opinión en la prensa partidaria. Tuvo un contacto más profundo con el quehacer periodístico a partir de 1939, cuando ingresó al plantel del diario socialista argentino La Vanguardia, dirigido por Mario Bravo. Su desempeño en este medio tuvo la colaboración de otro exiliado, Manuel Seoane, quien fuera fogueado director-fundador de La Tribuna en 1931, en Lima, y luego destacado periodista del diario argentino Crítica, dirigido por Natalio Botana.

En el diario socialista argentino La Vanguardia, Andrés Townsend conoció todos los aspectos del oficio periodistico y tuvo a su cargo una notable columna semanal: «20 pueblos y una nación», donde comentaba noticias e ideas relacionadas con la integración continental.

A su retorno, Townsend asumió la dirección del diario aprista La Tribuna y la ejerció durante toda su «V Época» (su tercera etapa de legalidad) –entre el 29 de setiembre de 1945 y el 3 de octubre de 1948– bajo la denominación «redactor responsable». En manos de ATE, La Tribuna tuvo un éxito inusitado. No obstante su conocida filiación partidaria, fue un medio de prensa confiable y variado, apto para la lectura en familia, con reportajes polémicos sobre la realidad del país, encuestas sobre la eficiencia de los servicios públicos, comentarios sobre el cuidado de la salud, noticias sobre espectáculos y deportes, etc. Hojeando la colección de 1946, es posible consultar con toda objetividad temas como el debate parlamentario sobre la propuesta aprista del Congreso Económico Nacional –entre el N° 233 (17 de mayo de 1946) y el N° 259 (12 de junio de 1946)– o el contrato de Sechura entre el Estado y la International Petroleum Company (La Tribuna N° 256, 9 de junio de 1946), donde se contrastan los distintos puntos de vista.


[1] Ver «Oración fúnebre ante los restos de Víctor Raúl, Plaza Bolívar, Lima, 5 de agosto de 1979» en Andrés Townsend, 50 años de aprismo. Memorias, ensayos y discursos de un militante, Lima, 1989, p. 322.


Las modestas oficinas del director del diario La Tribuna, Andrés Townsend, en 1945

No obstante el gran esfuerzo destinado a diseñar un diario informativamente ágil y de lectura accesible, la prioridad del director de La Tribuna era la seriedad del contenido: el buen uso del idioma, la veracidad y sobre todo el comportamiento ético. Townsend subrayó estos conceptos sobre el oficio periodístico en una valiosa entrevista para Jornada (N° 193, 19 de noviembre de 1945), diario dirigido por Luis Bedoya Reyes, entonces de 26 años (Townsend tenía 30 años de edad).

Dice Townsend en esa entrevista:

«Considero a la prensa la forma inmediata y directa de la docencia democrática. En nuestro siglo, misionero de la velocidad, el diario suplanta al libro y el titular llega a reemplazar al artículo. La prensa, junto a la radio y al cine, es el método más enérgico y fácil de influir en el pensamiento colectivo. De allí la importancia de una línea moral que presida su desarrollo. El periódico no puede ser un altavoz que cualquier audaz empuñe para hacerse oir. Siendo docencia, su ejercicio impone preparación, honestidad y conducta escrupulosa, igual que la más alta de las cátedras».[1]

En 1956, nuevamente en la brega política peruana, Andrés Townsend retornó a las páginas de La Tribuna y fue nuevamente su director hasta 1962. En La Tribuna, Townsend dio celebridad a dos columnas características: «Primer plano» y «Rostro del Día». La primera era un tema editorial explicado en pocas líneas y la segunda, una breve semblanza de algún personaje nacional o internacional que hacía noticia. Eran columnas muy breves, que en el contexto de la densa sección de informaciones, comentarios políticos y notas editoriales, aliviaban la lectura e invitaban a la reflexión.

La colección de la columna «Rostro del Día», publicada por Townsend entre 1958 y 1959 en La Tribuna, lo consagró como periodista al obtener el Premio Nacional de Fomento a la Cultura de 1959, premio «Antonio Miró Quesada». Un hecho curioso es que el propio Townsend no supo que era un participante en dicho discernimiento de méritos. Se encontraba ausente del país en calidad de integrante de la delegación peruana en la XV Asamblea General de las Naciones Unidas. La colección de artículos había sido enviada al certamen por la señorita Anel Diez Canseco Távara, futura señora Townsend, como un gesto de simpatía hacia la obra intelectual de su prometido.[2]

Mientras dirigía La Tribuna, Townsend incursionó en un nuevo aspecto del quehacer periodístico: la revista noticiosa ilustrada. Fundó en 1956 Presente, de exitosa publicación hasta 1968. Townsend integró el consejo editorial con Luis Felipe Rodríguez Vildósola y Carlos Delgado Olivera. Fue director de la publicación Humberto Silva Solís.

La revista Presente competía con otras revistas bien establecidas en el mercado periodístico local, como Caretas de Doris Gibson y la revista de Genaro Carnero Checa –cuyo nombre era el año correspondiente: «1956», «1957»,«1958»– que había esquivado con sutileza la represión de la dictadura de Odría y servía de cobertura a intelectuales comunistas o cercanos a esta filiación como César Lévano, Alejandro Romualdo, Efraín Ruiz Caro y Alberto Ruiz Eldredge.

Varios números de Presente tuvieron singular acogida y fueron testimonios históricos invalorables, como el N° 86, de agosto de 1962, con la «Historia secreta del golpe» militar del 18 de julio, escrita por Townsend, recapitulando paso a paso todo el trayecto de esa crisis política. Bajo el título «Perú, 18 de julio de 1962: La Constitución murió al amanecer», ATE entrega un reportaje audaz y minucioso «cuyas informaciones y datos no han sido nunca rectificados», como señala en sus memorias de 50 años de aprismo.

Un aporte periodístico notable de ATE, ubicado en el plano de la pedagogía política, fue la colección de fascículos ilustrados «El Partido del Pueblo. Historia gráfica del aprismo», publicada en 1978. Fue la primera vez que se puso en práctica esta modalidad de publicación en nuestro medio. Los coloridos fascículos venían acompañados de atractivos afiches, con un lenguaje destinado a los jóvenes. Toda una generación conoció de este modo los rudimentos del ideario de Bolívar, de González Prada, de José Ingenieros y, por supuesto, de Haya de la Torre.

En años más recientes, los artículos de Andrés Townsend fueron de lectura obligada en la revista Oiga y en el diario Expreso. Por supuesto, Andrés Townsend también desarrolló una importante actividad periodística relacionada con su prolongado ejercicio de la secretaría general del Parlamento Latinoamericano. Dirigió todas las publicaciones de este organismo y fundó en 1993 el órgano oficial de dicho Parlamento, la revista Patria Grande.

La vida y la obra de Andrés Townsend Ezcurra –que enorgullecen por igual a chiclayanos, peruanos e indoamericanos– son una invitación a seguirlo conociendo y apreciando como uno de los protagonistas fundamentales del esfuerzo por cimentar una sólida cultura democrática e integracionista en nuestro país y nuestro continente.





[1] La transcripción de esta entrevista fue proporcionada por el señor Justo Linares, experimentado periodista amigo de la familia Townsend que vivió de cerca esos años. Linares acompañó a la transcripción este interesante comentario: «Mucho se ha hablado acerca del papel que Pedro Beltrán tuvo, en 1950, al traer del Herald de Nueva York, el modelo que sirvió para la transformación de La Prensa, en lo que se denomina ‘la revolución del periodismo peruano’. Esa revolución se mide por la transformación de la técnica en la presentación del periódico y en la forma de ofrecer la noticia, haciendo más atractivo el diario y, consecuentemente, asegurando una mayor venta. Estos factores fueron expresados y puestos en práctica por ATE en 1945 en La Tribuna, convirtiendo al periódico en un éxito de venta. Este es un fenómeno totalmente extraño en nuestro medio en donde jamás la prensa de partido ha tenido mayor suceso». Y añade Linares que Townsend «fue un visionario respecto de la suerte del gremio y del periodismo. Allí está el inicio de la historia del periodismo moderno en el Perú».
[2] El fallo del jurado calificador, presidido por el doctor José León Barandiarán, rector de la Universidad Nacional Mayor de San Marcos, se realizó el 18 de octubre de 1960. Townsend obtuvo el premio «a la mejor crónica editorial o ensayo periodístico» (otros seleccionados, con mención honrosa, fueron Mario Castro Arenas y Luis Felipe Angell ‘Sofocleto’). El premio «Daniel A. Carrión» a la mejor obra de investigación científica, lo obtuvo Leopoldo Chiappo. El premio «Francisco García Calderón» al mejor trabajo de carácter jurídico, fue asignado a Alberto Ulloa. El premio «Hipólito Unanue» en medicina lo obtuvo Alberto Cornejo Donayre y el premio «Luis Duncker Lavalle» en música, se adjudicó a Francisco Pulgar Vidal (ver El Comercio del 19 de octubre de 1960).



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