La cruz de San Cristóbal
La cruz
de San Cristóbal
14
de septiembre de 1536
Hugo Vallenas Málaga
Para Lima siempre
fue muy importante la cruz del cerro San Cristóbal. Sin embargo, guerras, terremotos
y tragedias diversas obligaron a reemplazarla una y otra vez. La primera vez
que esto ocurrió fue apenas un año y medio después de la fundación de Lima.
En apoyo de
la rebelión de Manco Inca en el Cusco, entre mayo y fines de julio de 1536,
varios batallones de cusqueños y sus aliados, comandados por Titu Yupanqui,
Illa Túpac y Puyo Vilca, lograron aislar a Lima de Jauja y desbarataron tres
expediciones militares españolas. Los rebeldes fueron reuniendo gente de guerra
en torno a Lima y como símbolo de su desafío escalaron el cerro San Cristóbal y
destruyeron la cruz puesta allí por Francisco Pizarro al fundar la ciudad.
Una carta de
la época menciona hasta “cincuenta mil indios de guerra” que intentaban ocupar
la capital recién fundada (aunque
Hernando Pizarro recuerda que “no pasaban de veinte mil” en un documento
oficial). La carta menciona también grandes grupos “de indios de alrededor de
la ciudad” con sus familias buscando protección. Decían que los cusqueños “bajaban
de la sierra a destruirles, matando sus mujeres e hijos”.
Al ver el
cerro San Cristóbal con la cruz rota, y ennegrecido hasta su base con una
multitud de guerreros, conquistadores y comuneros nativos se prepararon para resistir
el sitio. El capitán general y gran marqués de la conquista, Francisco Pizarro,
dispuso de inmediato llevar el tesoro al Callao para enviarlo a Panamá. Según
el cronista Martín de Murúa (1590), la lucha fue cruenta y sin tregua entre el
10 y el 26 de agosto. Al sexto día las fuerzas rebeldes lograron entrar a la
ciudad por el barrio luego llamado de Santa Ana y llegaron hasta la plaza
mayor.
La crónica
rimada de Diego de Silva y Guzmán (1538) detalla la feroz batalla ocurrida en
la plaza mayor. Titu Yupanqui, conduciendo sus soldados desde una litera, fue
derribado y atravesado con una lanza por Martín de Sicilia. Su muerte
desorganizó a los atacantes, que parecían no entenderse con los otros jefes de
menor rango. Otro importante líder de los cusqueños, Cusi Rímac, murió de un
disparo de arcabuz.
Consultando
diversos cronistas, Juan José Vega en su trabajo Manco Inca (1995), asegura que en la batalla de Lima murieron
cuatro mil combatientes de los ejércitos de Manco Inca y que cerca de mil lugareños
dieron la vida defendiendo la ciudad y sus tierras comunales. De los 300
españoles en aptitud de combatir, solo fallecieron 32. Un número similar de
esclavos, designados como “negros, guatemalas y nicaraguas”, combatieron al
lado de los españoles.
Los
sitiadores retrocedieron al otro lado del Rímac y, al parecer, ante la ausencia
de Titu Yupanqui, no podían atender las órdenes de un solo jefe. Fueron poco a
poco vencidos por secciones, hasta que se batieron en retirada.
Es indudable
que la defensa del valle de Lima habría sido imposible sin la participación de las
poblaciones nativas. Ayudaron a recuperar el cerro San Cristóbal los comuneros
del curaca Alanquiya, de Pachacámac. Igualmente los comuneros de los “curacas
yungas” Taulichusco y Guachinamo.
Es también
notable que a todo lo largo de la campaña ordenada por Manco Inca contra Lima,
el general inca Titu Yupanqui no obtuvo apoyo militar de tarmas, chinchaycochas
ni yauyos. Durante el sitio de Lima ni los ayllus de Maranga (o Malanca) ni los
de Pitipiti, en el Callao, apoyaron a Titu Yupanqui. Todos ayudaron a defender
Lima.
Para los
hispanos esto solo podía ser un milagro. Se trataba, de hecho, del rechazo de
los curacas locales a la acostumbrada crueldad de los soberanos cusqueños, algo
que no suele decirse en los libros modernos pero que consta perfectamente en
testimonios y crónicas.
Recuperada
la tranquilidad de Lima, Pizarro por fin repuso la cruz en el cerro San
Cristóbal el 14 de septiembre de 1536. Se hizo en forma solemne, con una liturgia
religiosa en la que estuvieron juntos conquistadores y pobladores nativos.
Entre
octubre y noviembre los conquistadores establecidos en Lima retomaron la iniciativa
y empezaron a perseguir a las fuerzas rebeldes de Manco Inca. Para esto contaron
con el apoyo de Alonso de Alvarado, venido del norte del país con 300 españoles
adicionales, 100 “negros de guerra” y “miles de guerreros Chachapoyas”.
Según Juan
José Vega (1995), los cronistas Juan de Betanzos (1574) y el ya citado Diego de
Silva, coinciden en describir que conforme se desarrollaba la resistencia a las
huestes de Manco Inca, se fueron sumando diversos refuerzos de guerra.
Finalmente, el ejército que partió de Lima para perseguir y poner fin a la
ofensiva guerrera de Manco Inca fue toda una confederación de pueblos nativos
adversarios de los incas, entre ellos huaylas, cañaris, chimúes, chachapoyas y
huancas.
La fuerza
huanca estaba comandada por un curaca célebre por su valor: Guacra Páucar. Y
había un contingente de cuatro mil hombres de Huaylas, enviados por la “suegra
india de Pizarro, Contarguacho”, gran señora de Ananhuaylas, madre de la esposa
de Pizarro, Inés Huaylas Yupanqui, hermana de Huáscar y Atahualpa.
Es una
curiosa paradoja que el último esfuerzo de los incas de reconquista de su poder
imperial tuviera como principales adversarios a pueblos hermanos que no se
sentían parte de una misma nación.


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