Hace 100 años: El fin de la I Guerra Mundial en Lima


Hace 100 años: El fin de la I Guerra Mundial en Lima
Víctor Raúl Haya de la Torre encabeza celebraciones






Discurso de Víctor Raúl Haya de la Torre ante la embajada de Bélgica
15 de noviembre de 1918[1]

Nota previa: La carátula del diario The Evening World, de Nueva York, publica el jueves 7 de noviembre de 1918 que en Kiel, al norte de Hamburgo, la marina del káiser se amotinó, reclamando el fin de la guerra y que en todo el país el pueblo alemán se alzó en protestas y barricadas.

El 9 de noviembre el káiser abdicó y Alemania fue proclamada república. La I Guerra Mundial concluyó oficialmente el 11 de noviembre de 1918, con el Armisticio de Compiègne. Se firmó en un vagón de tren a las 5.20 de la mañana y entró en vigencia a las 11 am (“a las once horas del día once en el mes once”). Los pormenores económicos y diplomáticos del fin de la guerra recién se firmaron al año siguiente, el 28 de junio de 1919, en el Tratado de Versalles.

La guerra puso fin a cuatro imperios: el ruso, el alemán, el austro-húngaro y el otomano. Murieron 9 millones de soldados y 7 millones de civiles en los escenarios de guerra. Se estima que más de 30 millones de civiles murieron por hambruna y epidemias. Otros 10 millones de civiles tuvieron que emigrar en condiciones de extrema pobreza como refugiados.


En Lima, el fin de la guerra fue motivo de celebraciones de tipo diplomático. Salvo el 15 de noviembre, día en que los estudiantes universitarios de Lima, liderados por un joven trujillano, Víctor Raúl Haya de la Torre, condujeron una marcha multitudinaria que rindió honores al embajador de Bélgica, representante del país que sufrió la primera agresión expansionista del ejército imperial alemán. El suceso se publicó en forma destacada en los diarios de Lima al día siguiente. Este es el texto del discurso, elogioso de la libertad y la soberanía de los pueblos, de quien años después fundaría el APRA.

Señor ministro:

Frente al portal de vuestra casa y ante la gloria de vuestra bandera, se detiene la juventud y se detiene el pueblo con los mismos respetos que han detenido al mundo ante el martirio triunfal de vuestra patria que idealiza todos los dolores, que ennoblece todas las angustias, y que aúna todas las rebeldías.

Yo debiera, señor, confundir en mi palabra el ritmo de cada espíritu, el vibrar de cada corazón y la voz de cada labio en la armonía máxima de un salmo a la democracia heroica; pero el elogio de vuestra victoria sólo vive en la polifonía infinita del canto de los siglos, en la voz de Dios o en el grito de las muchedumbres.

No voy a evocar a vuestro pueblo, fuerte como el nervio que impulsa y bueno como el alma que sueña; a vuestro pueblo que es visión y es dinamismo, acción e ideal; no voy a evocar a vuestro rey, que perdió el orgullo ancestral de su sangre regia, pero que tiene el orgullo de esa otra sangre que inundó las llanuras, que enrojeció los ríos, que purificó el incendio de los hogares, que selló todos los campos y todas las flores y que hecha savia subió hasta las ramas eminentes, o que hecha nube puso un velo de tragedia a la luz misma; no voy evocar la figura excelsa de esa reina que comprendió la amargura incomparable de las madres y de las amantes, y que subjetivó los grandes amores y las grandes piedades. De ese pueblo épico, de esos reyes santos,[2] de esa sangre redentora y de esos dolores tremantes, surge el alma de la Bélgica glorial, eterna como su mar azul, inmensa como su cielo luminoso, dominadora como el mirar de sus mujeres, e invencible como el brazo de su raza.

¡Alma omnipotente de la Bélgica que un día detuvo el vuelo audaz del Águila y el paso avasallante de la Horda,[3] que iban a herir el corazón de la Francia inmortal! ¡Alma que tiene el misterio de la plenitud de todos los poderíos y que el Águila y la Horda quisieron arrancar del pecho de los soldados, de las entrañas de las mujeres, del corazón de los viejos y de la vida de los niños!

¡Alma que no pudieron extinguir ni en la tradición de las ciudades muertas, ni en el cantar de los ríos manchados, ni en el silencio de las tumbas violadas6! ¡Alma de Bélgica que vivía siempre eterna, siempre inmensa, siempre dominadora, siempre invencible!

Ayer engrandeció el martirio sublime que agiganta y transfigura la victoria de hoy. La sangre purificadora de un pueblo estupendo, salva al mundo y señala los pasos redentores de las democracias soberanas de mañana.[4]





[1] Discurso ofrecido por Haya de la Torre con motivo del triunfo aliado en la Gran Guerra 1914-1918, al frente de una nutrida delegación de estudiantes universitarios. Fuente: Versiones taquigráficas de los diarios La Prensa, Lima 16 de noviembre de 1918, p. 3.; y El Comercio de la misma fecha, p. 5. Se han cotejado ambas versiones para subsanar dudas y erratas. La versión de La Prensa tiene el siguiente texto preliminar: “Desde el automóvil de la directiva de la Federación, el delegado por la Universidad de Trujillo, señor Víctor Raúl Haya de la Torre, dirigió al señor Guislain, que en compañía de su familia y del cónsul de ese país, señor Alberto Delboy, se hallaba en los balcones de su residencia, el discurso que sigue, el que también fue recibido entre atronadoras palmas, vivas incesantes a Bélgica y al Rey Alberto”.
[2] Difiere en este pasaje la versión de El Comercio, que transcribe: “…de ese pueblo santo, de esos reyes épicos”. Se ha preferido la versión de La Prensa.
[3] El Águila equivale al Kaiser Guillermo II y la Horda al militarismo alemán.
[4] Frente a La Prensa que dice: “democracias de mañana”; se ha optado por El Comercio, que indica: “democracias soberanas de mañana”.

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